Adiós a la sonrisa de Marco

Todavía no me lo creo. Me cuesta aceptar que ya no estás…y eso que ya han pasado cuatro días desde que te fuiste. Maldito 23 de octubre. No era el momento, joder, aún no; no tenías por qué irte tan pronto.
No.
Se me hace extraño hablar de ti en pasado, pero no me queda otra. No vas a volver. Ni tú…ni tampoco tu sonrisa. Es un ‘adiós’ sin vuelta atrás. Y duele.
No te conocía, es cierto, y, siendo sincera, a veces hasta me producías rechazo. Quizás fuera tu manera de luchar en el asfalto, un tanto agresiva, pero siempre tan tuya. No lo sé. A veces es difícil encontrar un por qué. Y sin embargo a veces, sentía que eras diferente a los demás. Alguien que destacaba por encima de los otros. Tu pelo a lo afro, tu optimismo, tu forma de disfrutar de tu pasión, tu sonrisa… vete a saber qué era lo que tenía la culpa de que contigo los extremos sí que existieran.
Ahora hecho la vista hacia atrás, y recuerdo las críticas que recibiste este año por alguna de tus acciones en la pista. Y las tensiones con algunos de tus compañeros. Las malas caras de unos, los ataques de otros. Pero también tus buenos momentos: el instante en que te coronaste campeón de 250cc en 2008, tu primer podio en MotoGP, las horas pasadas en el paddock –y fuera de él- con tu gran amigo Valentino…  Qué cruel el destino, tenían que ser precisamente Rossi y su moto las que se cruzaran con tu cuerpo inerte sobre el asfalto de Sepang. Y ahora…ahora no queda nada de eso. Nada. Y es entonces cuando empiezas a pensar en qué cosas merecen realmente la pena en esta vida si cualquier día te encuentras de cara con la suerte más fatídica y no puedes hacer nada para evitarla.
Difícilmente olvidaré esa mañana de octubre cuando te vi caer en la pista. Y, sobre todo, el momento en el que Edwards y Rossi pasaron por encima de ti. Estoy segura de que a todos los que nos gusta el mundo del motociclismo y que estábamos con los ojos puestos en la pantalla el corazón nos dio un vuelco. Sabíamos que tu accidente había sido grave, y, sin quererlo, la mayoría fuimos conscientes en aquel preciso instante que aquello no tendría un final feliz. La imagen de ti inmóvil sobre el suelo del circuito de Malasia no daba mayor aliento para la esperanza. Y poco después…los peores presagios acabaron confirmándose.
“Marco Simoncelli ha muerto en el circuito de Sepang a consecuencia de un terrible accidente”, se repetía una y otra vez en todos los rincones del planeta. Y la tristeza se adueñó de muchos. De los que te conocían, y de los que no; de los que te adoraban, pero también de los que te odiaban como piloto. Al menos yo, no pude quitarme una sensación de vacío horrible durante todo el domingo. Tu muerte, tan inesperada como trágica, me persiguió horas y horas, en las que no pude evitar pensar en la vida. En lo frágil que es, en lo efímera que puede llegar a ser.
Hoy Coriano lloraba tu muerte. Tu familia, tus vecinos…aquellos que te habían visto crecer. Dos motos con el número 58, el tuyo, acompañaban tu féretro, como si quisieran devolverte el hecho de que tú hubieras pasado gran parte de tus 24 años montado en ellas. También tu casco ha estado contigo en tu último ‘adiós’. Y tu inseparable amigo Rossi… Y yo, y los que creemos que sin ti las motos no serán lo mismo. Tú les dabas otro aire. Algo especial.
Y quién sabe, quizás allá en el cielo, o donde quiera que estés, seguirás siendo el luchador incansable que eras, el campeón que hubieras sido si no te hubieras marchado tan y tan pronto. Dando guerra como siempre, hasta el final.        
Nunca se me han dado bien las despedidas, y hubiera querido escribir sobre cualquier otra cosa menos sobre tu muerte, pero este es mi pequeño homenaje. El adiós a alguien que se fue antes de lo esperado. Un de los grandes cuya sonrisa desafiará al destino, permaneciendo imborrable.
Ciao, Marco.
 
 
 
Homenaje por Vicky Lagos Vives
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