Crónica de viajes: París (I)

¿Qué esconde la Ciudad de la Luz tras sus grandes boulevards y el glamour de sus calles? Rincones llenos de historia, arte y magia, envueltos por ese romanticismo que siempre se ha otorgado a la capital francesa. Una de las ciudades más bonitas del mundo, al descubierto.
En el corazón de París. Día 1.
París. Una de las ciudades más emblemáticas del mundo. Por su historia, por su mezcla de lo más glamuroso y de lo más bohemio, por su papel en la historia del arte. Por el color de sus calles, de sus museos. Por sus formas. Por ser la fuente de inspiración de escritores, artistas y directores de cine. Por ese vínculo casi irrompible que parece establecer con quien la visita, que casi siempre dice querer volver a la ciudad del Sena.



En París. Estamos en París. Después del viaje en avión, acabamos en el corazón mismo de la ciudad. Île de la Cite. Antiguamente un punto estratégico que unía el norte y el sur de Galia. Un meandro en medio del río Sena habitado hace miles de años por los parisii, la tribu celta que dio su nombre a la ciudad. Ahora, Nôtre Dame se eleva en la plaza central de la pequeña isla. El kilómetro cero de París. El máximo exponente de la arquitectura gótica del país galo, que comenzó a construirse a principios del siglo XII, prolongándose las obras dos siglos más. Estamos justo delante de la catedral, y parece mentira que estemos en una isla. Nada parece indicarlo. Caminamos hacia Nôtre Dame. Una iglesia que podría ser como las demás, si no fuera por los dos campanarios que la custodian y el rosetón de 10 metros de diámetro formado por cristales de varios colores que adorna su fachada principal. Precisamente en esta fachada principal, El Portal del Juicio Final, en el que un ángel mide lo bueno y lo malo de los muertos y en el que unos demonios se llevan a los pecadores al inframundo. 

De nuevo, y como ocurre en todo el mundo, la alegoría de la contraposición entre el bien y el mal. Entramos. La luz traspasa los coloridos vidrios del rosetón, formando un calidoscopio de luces y colores en el suelo que iluminan una catedral quizás un poco oscura. Subimos a la torre sur, donde las gárgolas parecen vigilar a la imponente campana Emmanuel, una campana que al instante nos lleva a las escenas de la película de Disney El jorobado de Nôtre Dame. Sí, es fácil imaginar que una vez visitas Nôtre Dame estás dentro de esa película.

Salimos. Caminando, encontramos la plaza de Louis Lépine, y de pronto, el paisaje se inunda de una marea de color. Se respira alegría, vitalidad, aire nuevo. Nos encontramos en el mercado de las flores. Echamos un vistazo. Nunca pudimos imaginar encontrar tanta variedad de flores, desde las más conocidas a las más inéditas. Paseamos arriba y abajo por el mercado. La actividad es frenética. Los turistas compran flores, se hacen fotos con las paradas, con los vendedores. Nos sentamos en una de las terrazas de Île de la Cite. Comemos. Después de descansar un poco, tras una mañana de paseos para aquí y para allá, nos ponemos en marcha. Toca acabar de ver lo que nos queda del corazón de París. Le Palais de la Justice. 
Lo más curioso del edificio es su historia: el Palacio de la Justicia está situado en el mismo lugar ocupado anteriormente por el Palacio Real de Saint Louis, destruido en 1776 como consecuencia de un incendio. Justo al lado de este antiguo palacio real, encontramos La Conciergerie, la dependencia real principal que contiene el primer reloj público de Francia, situado en la Torre del Reloj. Pasamos el resto de la tarde paseando por Île de la Cite, cruzando también Le Pont de Saint Louis que nos conduce hasta una pequeña isla del mismo nombre, toda ella arrebatada de edificios puramente clásicos.
La noche cae sobre París. De nuevo, en una de las terrazas a la orilla del Sena. Una cena ligera y un paseo por las aceras que rodean el río. Es increíble ver cómo París parece no apagarse nunca. De ahí que sea denominada La ciudad de la Luz. La iluminación de la ciudad la hace brillar en la noche. Y es entonces cuando decidimos coger uno de los bateaux que organizan pequeñas rutas por el Sena de noche. Con el vaivén provocado por el choque del barco con el agua, disfrutamos de la París nocturna, pasando por debajo de los infinitos puentes que cruzan las dos orillas de la ciudad. A pesar de ser una gran ciudad, no se oye demasiado ruido. Debe ser una de las ventajas de este paseo nocturno con el que concluimos nuestra primera toma de contacto con París que, por cierto, hace honor a su apodo de una de las ciudades más románticas que puedan existir. El viaje por el Sena de noche lo confirma.
De La Bastille a la Place de l’Etoile. Día 2.
Después de una noche que podía no haber acabado nunca, empezamos un nuevo día en París. Y empezamos precisamente muy cerca del meandro de Ìle de Cite. En la Place de la Bastille, que como la mayor parte de los rincones de la ciudad tienen su origen en la historia. Y en este caso, nos remontamos a la gran Revolución Francesa, uno de los puntos más importantes de la historia de Francia. El paso histórico que supuso la abolición del absolutismo. Un absolutismo que se vio plasmado también en la antigua cárcel de La Bastille, símbolo del gran poder de los monarcas modernos. Convertida en la actualidad en una plaza, acoge en el centro de la rotonda la Colonne de Juillet, un monumento en recuerdo de los acontecimientos ocurridos en julio de 1830. Y aquella cárcel paradigma del absolutismo se ha convertido en la Ópera de la Bastilla, situada en la plaza del mismo nombre, bajo la cual pasa el canal de Saint Martin, un canal de 2km. de recorrido que acaba por cruzarse con el canal del Ourcq. Después de visitar la Ópera, y tras ver que no es casualidad eso de que París sea una ciudad repleta de arte, nos dirigimos a nuestra próxima parada: La Place de la Concorde, testigo en otros tiempos de la muerte de Luis XVI y María Antonieta bajo las hojas afiladas de la guillotina.

Y lo hacemos tras recorrer a pie la Quai des Tulleries, que bordea el Sena. ¿Por qué a pie? Bien es cierto que podríamos coger algún autobús que nos llevara directamente hasta la plaza, pero es mucho más bonito e interesante descubrir una ciudad desde la misma calle. Para poder fijarse, por ejemplo, en los pequeños quioscos que se encuentran paseando. Pequeños, pero repletos. Decenas de cabeceras, de colores, de distintos tipos de papel. Pequeñas paradas de flores, de artistas que a pie de calle desarrollan sus destrezas pictóricas. Multitud de paisajes, vistas, posibles fotografías de esas que no pueden faltar en una cámara de fotos de regreso a casa. Por eso es mucho mejor desplazarse caminando. Tras un paseo de una media hora aproximadamente, llegamos a nuestro destino. Y en seguida nos damos cuenta de que no podemos apartar los ojos del gran Obelisco que gobierna la Place de la Concorde: el llamado Obelisco de Luxor, un regalo del virrey egipcio Mohammed Ali a Francia. 23 metros de granito rojo, custodiados por dos fuentes diseñadas por Jacques-Ignace Hittorff, las Fontaines de la Concorde.

Impresionados aún por la magnitud del Obelisco, decidimos explorar un poco más los alrededores de La Place de la Concorde. Rue Royale. Al norte de la Plaza. Caminamos un poco y en seguida descubrimos una de las fachadas de La Madeleine. Inspirada en la Maison Carrée de Nimes es una de las iglesias neoclásicas más reconocidas de la ciudad. Sus cúpulas y el frontón representativo del juicio final, además de sus grandes puertas de bronce cargadas con bajorrelieves sobre los diez mandamientos, demuestran por qué París es una de las ciudades que más arte esconden entre sus calles. Volvemos a la plaza. El sol aprieta. En pleno verano, París puede convertirse en una de las ciudades más calurosas de toda Europa. Y una de las más visitadas, también. Después de refrescarnos un poco y descansar en uno de los pocos bancos que hay bajo la sombra, continuamos al sur de la plaza, tras cruzar Le pont de la Concorde, nos encontramos de frente con metros y metros de jardines que “enjaulan” el palacio de Les Invalides, destinado en sus inicios a los veteranos de guerra. Poco después, y tras visitar el palacio, acabamos por saber que allí mismo reposan las cenizas de Napoleón Bonaparte, bajo una tumba de piedra roja traída de Rusia rodeada por bajorrelieves con la vida del emperador y una estatua de él mismo. De nuevo, ante una página de la historia de Francia. Descansamos. Es la hora de comer y hoy llevamos en la mochila unos bocadillos que nos van a saber a gloria tras pasar toda la mañana caminando. ¡Y lo que nos espera! Cuando se visita una ciudad de estas características es importante llevar siempre algo de comer y de beber, porque es normal que las fuerzas desfallezcan. Y siempre puede ser un buen recurso si no queremos dejarnos demasiado dinero en los restaurantes de la ciudad, que suelen ser bastante caros en los centros turísticos de París. Nos sentamos, por tanto, en la gran explana de jardines que antes hemos visto. Bajo un árbol. En el césped. Decenas de personas hacen lo mismo que nosotros. Somos muchos los que estamos en la misma situación.

Tras dormir una pequeña siesta, eso que es tan típicamente español, nos ponemos en pie de nuevo. Toca recorrer uno de los boulevards más largos y lujosos del mundo: Les Champs Elysées. La continuación de Les Tuileries, tan sólo entrecortado el camino por La Place de la Concorde. Escenario de la Exposición Universal de 1855, se nota que allí se maneja mucho dinero. Tiendas de lujo y esculturas de oro adornan lo que los franceses consideran la plus belle avenue du monde. Personas que caminan arriba y abajo con bolsas varias en sus manos. Las mejores marcas de ropa, perfumes, complementos, se concentran en este boulevard. Teniendo en cuenta que es la avenida más cara por metro cuadrado sólo superada por la Quinta Avenida de Nueva York, es comprensible. Caminamos, caminamos, caminamos. Pero sin obviar ninguno de los pequeños detalles de Les Champs Elysées que hacen que resulten tan atractivos y tan apetecibles para pasear. Y caminando, caminando nos topamos con La Place de l’Etoile, también llamada Place de Charles de Gaulle. Pero dudo que alguien que oiga estos dos nombres sepa dónde nos encontramos exactamente. En cambio, si dijéramos que estamos viendo en el centro de esta plaza el famoso Arc de Triomphe, las cosas cambiarían. Como homenaje a los que lucharon por el país galo, es increíble ver cómo por dentro están escritos todos los nombres de los generales y de las guerras en las que Francia ha participado. Encargado por Napoleón Bonaparte en 1806, ha sido testigo del paso de los cadáveres de dos personajes imprescindibles en la historia de Francia: el del escritor Victor Hugo en 1885 y el del propio emperador, cuando sus cenizas llegaron desde Santa Helena. Después de pagar 9 €, disfrutamos del pequeño museo que hay en el interior del arco, y tras observar cómo se construyó, subimos a lo más alto del arco. ¿Qué vemos? Sinceramente, no se puede explicar con palabras. Es la sensación de estar en lo más alto. La sensación de tener París a tus pies.

Volvemos por dónde hemos vuelto. La noche empieza a caer sobre la ciudad, y de nuevo, las miles de farolas de París hacen que se ilumine toda. Decidimos tomar algo en La Place de l’Alma, a escasos del fatídico Pont de l’Alma donde perdió la vida Lady Di. Recuerdo las imágenes de ese 31 de agosto de 1997. Pero intento alejarlas de mi cabeza. Esta noche sólo quiero rodearme de París. De todo lo que tiene la ciudad. Y en mi cabeza, sin saber por qué, empieza a sonar esa cancioncilla que aparece en todas las películas con escenario en París.
Texto por Vicky Lagos Vives
Fotos de Jezabel López Miró
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