Crónica de viajes: París (II)

¿Qué esconde la Ciudad de la Luz tras sus grandes boulevards y el glamour de sus calles? Rincones llenos de historia, arte y magia, envueltos por ese romanticismo que siempre se ha otorgado a la capital francesa. Una de las ciudades más bonitas del mundo, al descubierto. 
 
Entre el arte y el pasado. Día 3.
Amanece en París. Los franceses madrugan bastante. Es normal ver a primera hora de la mañana a miles de personas ya de un lado para otro. El ritmo es frenético ya desde que sale el sol. Y nosotros seguimos rodeando el Sena. El plan de hoy: Le Musée du Louvre y Les Tuileries. Ya de antemano sabemos que el Louvre es un museo que no se puede visitar en 1 sólo día, pero pretendemos adentrarnos en una pequeña parte. Y nos encontramos de repente con la pirámide de cristal, obra de Ming Pei y encargada por François Mitterrand.

El sol de la mañana la hace brillar. Unas cuantas fotos con la famosa obra, y nos adentramos de lleno en ella. Y digo lo de adentrar porque justo debajo de la pirámide están las taquillas del museo. Y empezamos a recorrer salas y salas de arte: de esculturas, de pinturas, de trozos de arquitectura de otras épocas. De todos los estilos, de todos los lugares del mundo. Sorprende ver cómo se puede concentrar tanto arte en un lugar así. Nuestra cabeza acaba repleta de colores, formas, estructuras, relieves, nombres. Ha sido acertado llevar calzado cómodo (muy recomendable si no queremos acabar con los pies destrozados). Porque son muchos metros por recorrer. Porque si verdaderamente queremos disfrutar de aquello que vemos, es mejor no preocuparse del dolor o de las heridas. Recorriendo los salones del Louvre, hasta pasado el mediodía. Estamos cansados, pero queremos descubrir mucho más. Será verdad que París enamora. Debe ser verdad visto lo visto. El cansancio no importa. Llevamos 3 días dando vueltas sin parar, pero tampoco queremos pisar el freno. 
Salimos del museo. Nos rodean las antiguas estancias reales del palacio del Louvre, que servía como residencia de los reyes franceses cerca de la ciudad. Actuó como tal hasta que bajo el mandato de Luis XIV se acabó de construir Versalles. Al otro lado, el palacio de Tuileries, que fue destruido en 1870 y que ahora está ocupado por los jardines por los que pasamos la tarde de hoy. Grandes estanques, fuentes y estatuas que representan, al menos puede intuirse, la grandeza de tiempos pasados. Se respira tranquilidad en las Tuileries, nombre que comparte con el barrio donde se encuentra el Louvre que tiene su origen en las fábricas de tejas que había antiguamente en la zona.
Se acaba el día. Cenamos cerca de la noria que hay al final de los jardines. Luego, nos subimos a ella. Podemos notar una pequeña brisa chocar con nuestra cara haciéndonos olvidar el día de calor que hemos sufrido. Mientras la noria sube, vemos la Torre Eiffel iluminada al fondo. Mañana, toca visitar el gran símbolo de París.
Símbolo de París. Día 4.
No. No podíamos irnos de París sin visitar la Torre Eiffel. Es un destino inevitable, del que no se puede escapar, cuando uno visita la capital francesa. Hoy toca visitarla, a ella y a sus alrededores, subirse en uno de los ascensores hasta el segundo piso y disfrutar de las vistas de París. Otra vez esa sensación de tener la ciudad bajo los pies.
Nos ponemos en marcha. No estamos demasiado lejos de donde nos quedamos ayer. De hecho, llevamos moviéndonos por las mismas zonas durante los cuatro días que llevamos de viaje. Es normal. Todo aquello que podemos visitar en París está donde nos encontramos: museos, parques, paseos, puentes. Mañana tocará desviarse un poco del epicentro de París, pero eso mejor lo dejamos para después. Estamos delante de la Torre Eiffel. Bajo su sombra. Bajo su majestuosa sombra. Atracción principal de la Exposición Universal de 1889 que en un principio iba a ser derribada al finalizar la Exposición. Pero fue tal su éxito que decidieron que la obra de Gustave Eiffel de miles de piezas de hierro forjado se que quedara. Hasta hoy. Es difícil imaginar París sin la Torre Eiffel, convertida ya para siempre en su símbolo más perdurable. Hacemos una foto desde abajo. Una foto que nunca falta en las cámaras de quienes la visitan. Una foto que realza más aún los 324 metros de altura de la obra. Después de comprar la entrada, nos dirigimos a esperar los ascensores del este y del oeste. A algunos les gustaría subir los 1665 escalones que hay hasta el segundo piso, pero llevamos demasiados kilómetros recorridos estos días como para hacerlo. Puede pensarse en un principio que suben diagonalmente, pero no, no es así. De hecho, casi no notamos el efecto de la subida hasta el segundo piso. Al tercero, al que nos gustaría subir pero no lo haremos, sólo se puede acceder a través de un elevador. Salimos del ascensor. Nos asomamos, y no podríamos describir lo que vemos a nuestro alrededor: millones de casas, decenas de cúpulas doradas que sobresalen entre los edificios, Montmartre al fondo; el Sena desde arriba, los bateaux cruzándolo otro día más; pistas de tenis, zonas verdes, parques, plazas, el Obelisco de Luxor. Es imposible apartar la vista de la ciudad. Sí, nos gusta. Nos gusta mucho. Pasamos un buen rato rodeando la segunda plataforma de la Torre Eiffel. Para ver todos los rincones de París, para descubrir cada una de sus esquinas. Media hora, quizás una hora. Es la hora de bajar.
Impresionados aún por lo que acabamos de ver, paramos en un pequeño restaurant cerca de la zona. Es la hora de comer y reponer fuerzas. Porque esta tarde toca ver la Torre Eiffel, pero desde otra perspectiva. Desde afuera, verla en toda su esplendor, rodeada de jardines, de fuentes. Y el mejor lugar para hacerlo es el Trocadero, una plaza que se construyó para la Exposición Universal de 1878 y desde donde se pueden tomar las mejores imágenes de la Torre Eiffel. Una enorme fuente, en medio. La imagen es realmente bella. Pasamos la tarde visitando diferentes edificios cercanos al Trocadero: Musée National de la Marine, Musée du Cinema, Théathre National de Caillot, el cementerio de Passy en recuerdo a los caídos en la Primera Guerra Mundial. Historia y arte convergen en los lugares que visitamos. París es una ciudad histórica y artísticamente bella. La convergencia entre lo clásico y lo moderno; el pasado y el presente.
Otro día más. De nuevo, París iluminada. La ciudad de la Luz nos vuelve a mostrar lo mejor de sí. Y cerca de la Torre Eiffel, al lado de Pont d’Iéna, un puente construido por órdenes de Napoleón conmemorando la batalla de Jena, volvemos a coger el bateaux que nos llevará otra vez a surcar las aguas del Sena. A disfrutar de nuevo del romanticismo de unas cuantas luces bordeando el río. Otra vez con esa cancioncilla que no podemos alejar de nuestra cabeza. Y así, entre los 5 arcos del puente y sus águilas imperiales, acaba otro día en París.   
Le Moulin Rouge y el Sacre Coeur. Día 5.
Nos queda poco en el corazón de Francia. Y esta vez toca descubrir el norte de la ciudad. Dejamos de un lado el centro donde se concentran la mayor parte de puntos de interés para descubrir el barrio más bohemio. Por un lado, el Barrio Rojo de la ciudad, Pigalle. Sólo bajarnos del autobús podemos ver el gran molino rojo del Moulin Rouge, probablemente el cabaret más famoso alrededor del mundo. Le Pigalle es el barrio de los clubs nocturnos y el cabaret, además de ser el lugar donde famosos pintores como Toulouse-Lautrec, Picasso o Van Gogh. Paseando por las calles de Pigalle ya se puede adivinar donde nos encontramos. Carteles pegados a la pared anunciando los espectáculos de esa misma noche, viejos carteles de Toulouse-Lautrec.
Y un poquito más allá, unas grandes escalinatas nos reciben a los pies de la basílica del Sacré Coeur de Jesus, en la colina de Montmartre. La piedra obtenida de las canteras de Château-Landon, blanca como la nieve y resistible a erosiones y contaminaciones diversas, parece brilla mucho más con el sol. Subimos las escaleras. Vamos haciendo pequeñas paradas para ver qué podemos observar desde ahí. Un peldaño más, y una nueva vista de París. Hasta que nos encontramos arriba de todo. Después de descubrir durante unos minutos los diferentes pórticos de la basílica, subimos a la cúpula. Otra vez está París en todo su esplendor. Vemos desde arriba que podíamos haber cogido el funicular que lleva hasta la Place Saint Pierre, pero lo hecho, hecho está.
Visitamos también la iglesia gótica de Saint Pierre de Montmartre. Dicen los parisinos que la iglesia vive a la sombra del Sacré Coeur, y enseguida podemos confirmarlo viendo la gente que visita una y otra.
Pero lo verdaderamente bonito del Montmartre es el barrio que esconde detrás: el más artístico, el más bohemio. Centenares de paraditas en la que los pintores exponen sus obras. Millones de colores se entremezclan con el murmullo de los turistas, que comentan, asombrados, todo pequeño detalle que ven. Decidimos pararnos delante de uno de los pintores. Queremos un retrato, una caricatura. Con ello en la mano, paseamos entre pequeñas calles, plazas, entrando en cada pequeña tienda para llevarnos algún recuerdo de la “ciudad del amor”.
Se acerca el adiós. Un adiós que se produce no sin antes dejar constancia de que hemos estado allí en Le Mur des Je t’aime.
Despedirse de París nunca fue tan complicado.
 
 
Texto por Vicky Lagos Vives
Fotos por Jezabel López Miró
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