Decepciones Monumentales

Expectativas. Son un cáncer en la vida. Te crean una imagen mental de qué esperar y cuándo llega tienes muchos puntos para llevarte un gran leñazo. Aunque se puede aplicar a todo en esta vida ahora solo hablamos de turismo. Vas a un país y casi siempre hay un algo que irás a ver sí o sí y llegas, y a veces te quedas con cara de… timado. Aquí va la lista de mis cinco decepciones monumentales. 

MOULIN ROUGE
Foto de Viviendo Cultura

París (Francia). El cine ha hecho mucho bien, pero también mucho mal a los monumentos y símbolos de las ciudades. En este caso la película, exaltando un pasado glamuroso, induce a que al llegar a París y pasearte por su particular calle roja esperando encontrar su joya de la corona, cuando la encuentres te quedes chafado. El Moulin Rouge con todo lo que fue y representa es de plástico. No sé cómo será por dentro pero por fuera… Que cutrecillo…

MONA LISA 
Foto de Viviendo Cultura
París (Francia). La fama le precede y es, lo más seguro, una de las mujeres más famosas y misteriosas del mundo. Una de las obras maestras de Leonardo da Vinci aún por descibrar te espera en las entrañas del Louvre. Orientarse en el museo es algo complicado, pero si todos los caminos llevan a Roma, todos los turistas a quien quieren visitar es a la Mona Lisa, o debería decir a la mini Mona Lisa. A pesar de que lo primero que se verá es una muralla formada por todos los turistas que han llegado antes que tú, esperas que después de colarte y hacer hueco puedas hacer tu foto y admirar tamaña obra maestra. Lo logras y su tamaño insulta. Siempre será increible y un referente, pero te podría caber en el bolsillo, pues nada, en pote pequeño cabe todo.
LA TORRE DE PISA
Foto de Viviendo Cultura
Pisa (Italia). Seamos sinceros, el tamaño importa. Y siempre, no importa a qué lo apliquemos. Llegas a Pisa y recorres las calles con tranquilidad, sabes a dónde te diriges y crees y estás convencido de que lo verás antes de llegar, pero no. Adentrándose en la población italiana uno atraviesa una verga y entra como en un parque/explanada, lleno de gente  y se dice: “aquí es”, pero no ves nada. Lo primero que contemplas es la foto1, dejas la cúpula atrás y te adelantas, y ves el pasaije de la foto2. La decepción empieza a invadirte. Pasito a la derecha y ahí esta, pequeña, torcida, desubicada: la Torre de Pisa. A pesar del chasco te harás la típica foto pero la olvidarás, cuidado al marcharse, si no te fijas puede que la pises sin darte cuenta.

PALACIO DE BUCKINGHAM
Foto de Krystel Puigdomenech
Londres (Inglaterra). Nueva parada, te levantas pronto, sales de tu hotel y coges el paragüas (es casi como las bragas, no puedes o no deberías salir sin). Te subes al metro y bajas en St James Park (Circle Line, amarilla) o Victoria (District Line, verde), tras un paseo a lo largo del parque llegas. Primer problema, si has ido a Versalles tu idea de palacio no se corresponde con el Palacio de Buckingham, chasco1. Bueno, aún te queda el cambio de guardia, también famoso, y te quedas en tu sitio y esperas. Puntualmente a las 11.30 de la mañana, cuando llevas un rato bajo la lluvia (lo más seguro) y has tenido que luchar con más desafortunados turistas por coger sitio junto a la verja, empieza. Un consejo, ahorráoslo. Es muy largo, demasiado y tiene momentos que están bien, pero no valen la espera, frío e incomodidad, se hace aburrido a pesar de sus momentos célebres. 
LAS CASAS COLGANTES
Cuenca (España). Ni foto, porque no hice porque me negué o simplemente me pareció muy absrudo dedicarle una. Las buscas en internet y molan, llegas a Cuenca con el único objetivo (casi) de ver las famosas y supuestamente preciosas Casa Colgantes y lo único que se te queda colgando el moco. Manchas marrones en la piedra, en el quinto pino… Casi que me quedó mejor sabor de boca cuando vi esas casitas tan monas de Florencia, que estan en los puentes que cruzan la ciudad, una cucada. Estas… pues mira, sin comentarios.
Cada viaje tiene un desliz monumental, algo que esperabas de una manera y para nada cumple con tus expectativas, ¡es lo que hay! Les dedicas una lista de decepciones en tu blog y a seguir, que lo demás sí le hacen justicia a la ciudad que visites.

Crónica de viajes: París (II)

¿Qué esconde la Ciudad de la Luz tras sus grandes boulevards y el glamour de sus calles? Rincones llenos de historia, arte y magia, envueltos por ese romanticismo que siempre se ha otorgado a la capital francesa. Una de las ciudades más bonitas del mundo, al descubierto. 
 
Entre el arte y el pasado. Día 3.
Amanece en París. Los franceses madrugan bastante. Es normal ver a primera hora de la mañana a miles de personas ya de un lado para otro. El ritmo es frenético ya desde que sale el sol. Y nosotros seguimos rodeando el Sena. El plan de hoy: Le Musée du Louvre y Les Tuileries. Ya de antemano sabemos que el Louvre es un museo que no se puede visitar en 1 sólo día, pero pretendemos adentrarnos en una pequeña parte. Y nos encontramos de repente con la pirámide de cristal, obra de Ming Pei y encargada por François Mitterrand.

El sol de la mañana la hace brillar. Unas cuantas fotos con la famosa obra, y nos adentramos de lleno en ella. Y digo lo de adentrar porque justo debajo de la pirámide están las taquillas del museo. Y empezamos a recorrer salas y salas de arte: de esculturas, de pinturas, de trozos de arquitectura de otras épocas. De todos los estilos, de todos los lugares del mundo. Sorprende ver cómo se puede concentrar tanto arte en un lugar así. Nuestra cabeza acaba repleta de colores, formas, estructuras, relieves, nombres. Ha sido acertado llevar calzado cómodo (muy recomendable si no queremos acabar con los pies destrozados). Porque son muchos metros por recorrer. Porque si verdaderamente queremos disfrutar de aquello que vemos, es mejor no preocuparse del dolor o de las heridas. Recorriendo los salones del Louvre, hasta pasado el mediodía. Estamos cansados, pero queremos descubrir mucho más. Será verdad que París enamora. Debe ser verdad visto lo visto. El cansancio no importa. Llevamos 3 días dando vueltas sin parar, pero tampoco queremos pisar el freno. 
Salimos del museo. Nos rodean las antiguas estancias reales del palacio del Louvre, que servía como residencia de los reyes franceses cerca de la ciudad. Actuó como tal hasta que bajo el mandato de Luis XIV se acabó de construir Versalles. Al otro lado, el palacio de Tuileries, que fue destruido en 1870 y que ahora está ocupado por los jardines por los que pasamos la tarde de hoy. Grandes estanques, fuentes y estatuas que representan, al menos puede intuirse, la grandeza de tiempos pasados. Se respira tranquilidad en las Tuileries, nombre que comparte con el barrio donde se encuentra el Louvre que tiene su origen en las fábricas de tejas que había antiguamente en la zona.
Se acaba el día. Cenamos cerca de la noria que hay al final de los jardines. Luego, nos subimos a ella. Podemos notar una pequeña brisa chocar con nuestra cara haciéndonos olvidar el día de calor que hemos sufrido. Mientras la noria sube, vemos la Torre Eiffel iluminada al fondo. Mañana, toca visitar el gran símbolo de París.
Símbolo de París. Día 4.
No. No podíamos irnos de París sin visitar la Torre Eiffel. Es un destino inevitable, del que no se puede escapar, cuando uno visita la capital francesa. Hoy toca visitarla, a ella y a sus alrededores, subirse en uno de los ascensores hasta el segundo piso y disfrutar de las vistas de París. Otra vez esa sensación de tener la ciudad bajo los pies.
Nos ponemos en marcha. No estamos demasiado lejos de donde nos quedamos ayer. De hecho, llevamos moviéndonos por las mismas zonas durante los cuatro días que llevamos de viaje. Es normal. Todo aquello que podemos visitar en París está donde nos encontramos: museos, parques, paseos, puentes. Mañana tocará desviarse un poco del epicentro de París, pero eso mejor lo dejamos para después. Estamos delante de la Torre Eiffel. Bajo su sombra. Bajo su majestuosa sombra. Atracción principal de la Exposición Universal de 1889 que en un principio iba a ser derribada al finalizar la Exposición. Pero fue tal su éxito que decidieron que la obra de Gustave Eiffel de miles de piezas de hierro forjado se que quedara. Hasta hoy. Es difícil imaginar París sin la Torre Eiffel, convertida ya para siempre en su símbolo más perdurable. Hacemos una foto desde abajo. Una foto que nunca falta en las cámaras de quienes la visitan. Una foto que realza más aún los 324 metros de altura de la obra. Después de comprar la entrada, nos dirigimos a esperar los ascensores del este y del oeste. A algunos les gustaría subir los 1665 escalones que hay hasta el segundo piso, pero llevamos demasiados kilómetros recorridos estos días como para hacerlo. Puede pensarse en un principio que suben diagonalmente, pero no, no es así. De hecho, casi no notamos el efecto de la subida hasta el segundo piso. Al tercero, al que nos gustaría subir pero no lo haremos, sólo se puede acceder a través de un elevador. Salimos del ascensor. Nos asomamos, y no podríamos describir lo que vemos a nuestro alrededor: millones de casas, decenas de cúpulas doradas que sobresalen entre los edificios, Montmartre al fondo; el Sena desde arriba, los bateaux cruzándolo otro día más; pistas de tenis, zonas verdes, parques, plazas, el Obelisco de Luxor. Es imposible apartar la vista de la ciudad. Sí, nos gusta. Nos gusta mucho. Pasamos un buen rato rodeando la segunda plataforma de la Torre Eiffel. Para ver todos los rincones de París, para descubrir cada una de sus esquinas. Media hora, quizás una hora. Es la hora de bajar.
Impresionados aún por lo que acabamos de ver, paramos en un pequeño restaurant cerca de la zona. Es la hora de comer y reponer fuerzas. Porque esta tarde toca ver la Torre Eiffel, pero desde otra perspectiva. Desde afuera, verla en toda su esplendor, rodeada de jardines, de fuentes. Y el mejor lugar para hacerlo es el Trocadero, una plaza que se construyó para la Exposición Universal de 1878 y desde donde se pueden tomar las mejores imágenes de la Torre Eiffel. Una enorme fuente, en medio. La imagen es realmente bella. Pasamos la tarde visitando diferentes edificios cercanos al Trocadero: Musée National de la Marine, Musée du Cinema, Théathre National de Caillot, el cementerio de Passy en recuerdo a los caídos en la Primera Guerra Mundial. Historia y arte convergen en los lugares que visitamos. París es una ciudad histórica y artísticamente bella. La convergencia entre lo clásico y lo moderno; el pasado y el presente.
Otro día más. De nuevo, París iluminada. La ciudad de la Luz nos vuelve a mostrar lo mejor de sí. Y cerca de la Torre Eiffel, al lado de Pont d’Iéna, un puente construido por órdenes de Napoleón conmemorando la batalla de Jena, volvemos a coger el bateaux que nos llevará otra vez a surcar las aguas del Sena. A disfrutar de nuevo del romanticismo de unas cuantas luces bordeando el río. Otra vez con esa cancioncilla que no podemos alejar de nuestra cabeza. Y así, entre los 5 arcos del puente y sus águilas imperiales, acaba otro día en París.   
Le Moulin Rouge y el Sacre Coeur. Día 5.
Nos queda poco en el corazón de Francia. Y esta vez toca descubrir el norte de la ciudad. Dejamos de un lado el centro donde se concentran la mayor parte de puntos de interés para descubrir el barrio más bohemio. Por un lado, el Barrio Rojo de la ciudad, Pigalle. Sólo bajarnos del autobús podemos ver el gran molino rojo del Moulin Rouge, probablemente el cabaret más famoso alrededor del mundo. Le Pigalle es el barrio de los clubs nocturnos y el cabaret, además de ser el lugar donde famosos pintores como Toulouse-Lautrec, Picasso o Van Gogh. Paseando por las calles de Pigalle ya se puede adivinar donde nos encontramos. Carteles pegados a la pared anunciando los espectáculos de esa misma noche, viejos carteles de Toulouse-Lautrec.
Y un poquito más allá, unas grandes escalinatas nos reciben a los pies de la basílica del Sacré Coeur de Jesus, en la colina de Montmartre. La piedra obtenida de las canteras de Château-Landon, blanca como la nieve y resistible a erosiones y contaminaciones diversas, parece brilla mucho más con el sol. Subimos las escaleras. Vamos haciendo pequeñas paradas para ver qué podemos observar desde ahí. Un peldaño más, y una nueva vista de París. Hasta que nos encontramos arriba de todo. Después de descubrir durante unos minutos los diferentes pórticos de la basílica, subimos a la cúpula. Otra vez está París en todo su esplendor. Vemos desde arriba que podíamos haber cogido el funicular que lleva hasta la Place Saint Pierre, pero lo hecho, hecho está.
Visitamos también la iglesia gótica de Saint Pierre de Montmartre. Dicen los parisinos que la iglesia vive a la sombra del Sacré Coeur, y enseguida podemos confirmarlo viendo la gente que visita una y otra.
Pero lo verdaderamente bonito del Montmartre es el barrio que esconde detrás: el más artístico, el más bohemio. Centenares de paraditas en la que los pintores exponen sus obras. Millones de colores se entremezclan con el murmullo de los turistas, que comentan, asombrados, todo pequeño detalle que ven. Decidimos pararnos delante de uno de los pintores. Queremos un retrato, una caricatura. Con ello en la mano, paseamos entre pequeñas calles, plazas, entrando en cada pequeña tienda para llevarnos algún recuerdo de la “ciudad del amor”.
Se acerca el adiós. Un adiós que se produce no sin antes dejar constancia de que hemos estado allí en Le Mur des Je t’aime.
Despedirse de París nunca fue tan complicado.
 
 
Texto por Vicky Lagos Vives
Fotos por Jezabel López Miró

Crónica de viajes: París (I)

¿Qué esconde la Ciudad de la Luz tras sus grandes boulevards y el glamour de sus calles? Rincones llenos de historia, arte y magia, envueltos por ese romanticismo que siempre se ha otorgado a la capital francesa. Una de las ciudades más bonitas del mundo, al descubierto.
En el corazón de París. Día 1.
París. Una de las ciudades más emblemáticas del mundo. Por su historia, por su mezcla de lo más glamuroso y de lo más bohemio, por su papel en la historia del arte. Por el color de sus calles, de sus museos. Por sus formas. Por ser la fuente de inspiración de escritores, artistas y directores de cine. Por ese vínculo casi irrompible que parece establecer con quien la visita, que casi siempre dice querer volver a la ciudad del Sena.



En París. Estamos en París. Después del viaje en avión, acabamos en el corazón mismo de la ciudad. Île de la Cite. Antiguamente un punto estratégico que unía el norte y el sur de Galia. Un meandro en medio del río Sena habitado hace miles de años por los parisii, la tribu celta que dio su nombre a la ciudad. Ahora, Nôtre Dame se eleva en la plaza central de la pequeña isla. El kilómetro cero de París. El máximo exponente de la arquitectura gótica del país galo, que comenzó a construirse a principios del siglo XII, prolongándose las obras dos siglos más. Estamos justo delante de la catedral, y parece mentira que estemos en una isla. Nada parece indicarlo. Caminamos hacia Nôtre Dame. Una iglesia que podría ser como las demás, si no fuera por los dos campanarios que la custodian y el rosetón de 10 metros de diámetro formado por cristales de varios colores que adorna su fachada principal. Precisamente en esta fachada principal, El Portal del Juicio Final, en el que un ángel mide lo bueno y lo malo de los muertos y en el que unos demonios se llevan a los pecadores al inframundo. 

De nuevo, y como ocurre en todo el mundo, la alegoría de la contraposición entre el bien y el mal. Entramos. La luz traspasa los coloridos vidrios del rosetón, formando un calidoscopio de luces y colores en el suelo que iluminan una catedral quizás un poco oscura. Subimos a la torre sur, donde las gárgolas parecen vigilar a la imponente campana Emmanuel, una campana que al instante nos lleva a las escenas de la película de Disney El jorobado de Nôtre Dame. Sí, es fácil imaginar que una vez visitas Nôtre Dame estás dentro de esa película.

Salimos. Caminando, encontramos la plaza de Louis Lépine, y de pronto, el paisaje se inunda de una marea de color. Se respira alegría, vitalidad, aire nuevo. Nos encontramos en el mercado de las flores. Echamos un vistazo. Nunca pudimos imaginar encontrar tanta variedad de flores, desde las más conocidas a las más inéditas. Paseamos arriba y abajo por el mercado. La actividad es frenética. Los turistas compran flores, se hacen fotos con las paradas, con los vendedores. Nos sentamos en una de las terrazas de Île de la Cite. Comemos. Después de descansar un poco, tras una mañana de paseos para aquí y para allá, nos ponemos en marcha. Toca acabar de ver lo que nos queda del corazón de París. Le Palais de la Justice. 
Lo más curioso del edificio es su historia: el Palacio de la Justicia está situado en el mismo lugar ocupado anteriormente por el Palacio Real de Saint Louis, destruido en 1776 como consecuencia de un incendio. Justo al lado de este antiguo palacio real, encontramos La Conciergerie, la dependencia real principal que contiene el primer reloj público de Francia, situado en la Torre del Reloj. Pasamos el resto de la tarde paseando por Île de la Cite, cruzando también Le Pont de Saint Louis que nos conduce hasta una pequeña isla del mismo nombre, toda ella arrebatada de edificios puramente clásicos.
La noche cae sobre París. De nuevo, en una de las terrazas a la orilla del Sena. Una cena ligera y un paseo por las aceras que rodean el río. Es increíble ver cómo París parece no apagarse nunca. De ahí que sea denominada La ciudad de la Luz. La iluminación de la ciudad la hace brillar en la noche. Y es entonces cuando decidimos coger uno de los bateaux que organizan pequeñas rutas por el Sena de noche. Con el vaivén provocado por el choque del barco con el agua, disfrutamos de la París nocturna, pasando por debajo de los infinitos puentes que cruzan las dos orillas de la ciudad. A pesar de ser una gran ciudad, no se oye demasiado ruido. Debe ser una de las ventajas de este paseo nocturno con el que concluimos nuestra primera toma de contacto con París que, por cierto, hace honor a su apodo de una de las ciudades más románticas que puedan existir. El viaje por el Sena de noche lo confirma.
De La Bastille a la Place de l’Etoile. Día 2.
Después de una noche que podía no haber acabado nunca, empezamos un nuevo día en París. Y empezamos precisamente muy cerca del meandro de Ìle de Cite. En la Place de la Bastille, que como la mayor parte de los rincones de la ciudad tienen su origen en la historia. Y en este caso, nos remontamos a la gran Revolución Francesa, uno de los puntos más importantes de la historia de Francia. El paso histórico que supuso la abolición del absolutismo. Un absolutismo que se vio plasmado también en la antigua cárcel de La Bastille, símbolo del gran poder de los monarcas modernos. Convertida en la actualidad en una plaza, acoge en el centro de la rotonda la Colonne de Juillet, un monumento en recuerdo de los acontecimientos ocurridos en julio de 1830. Y aquella cárcel paradigma del absolutismo se ha convertido en la Ópera de la Bastilla, situada en la plaza del mismo nombre, bajo la cual pasa el canal de Saint Martin, un canal de 2km. de recorrido que acaba por cruzarse con el canal del Ourcq. Después de visitar la Ópera, y tras ver que no es casualidad eso de que París sea una ciudad repleta de arte, nos dirigimos a nuestra próxima parada: La Place de la Concorde, testigo en otros tiempos de la muerte de Luis XVI y María Antonieta bajo las hojas afiladas de la guillotina.

Y lo hacemos tras recorrer a pie la Quai des Tulleries, que bordea el Sena. ¿Por qué a pie? Bien es cierto que podríamos coger algún autobús que nos llevara directamente hasta la plaza, pero es mucho más bonito e interesante descubrir una ciudad desde la misma calle. Para poder fijarse, por ejemplo, en los pequeños quioscos que se encuentran paseando. Pequeños, pero repletos. Decenas de cabeceras, de colores, de distintos tipos de papel. Pequeñas paradas de flores, de artistas que a pie de calle desarrollan sus destrezas pictóricas. Multitud de paisajes, vistas, posibles fotografías de esas que no pueden faltar en una cámara de fotos de regreso a casa. Por eso es mucho mejor desplazarse caminando. Tras un paseo de una media hora aproximadamente, llegamos a nuestro destino. Y en seguida nos damos cuenta de que no podemos apartar los ojos del gran Obelisco que gobierna la Place de la Concorde: el llamado Obelisco de Luxor, un regalo del virrey egipcio Mohammed Ali a Francia. 23 metros de granito rojo, custodiados por dos fuentes diseñadas por Jacques-Ignace Hittorff, las Fontaines de la Concorde.

Impresionados aún por la magnitud del Obelisco, decidimos explorar un poco más los alrededores de La Place de la Concorde. Rue Royale. Al norte de la Plaza. Caminamos un poco y en seguida descubrimos una de las fachadas de La Madeleine. Inspirada en la Maison Carrée de Nimes es una de las iglesias neoclásicas más reconocidas de la ciudad. Sus cúpulas y el frontón representativo del juicio final, además de sus grandes puertas de bronce cargadas con bajorrelieves sobre los diez mandamientos, demuestran por qué París es una de las ciudades que más arte esconden entre sus calles. Volvemos a la plaza. El sol aprieta. En pleno verano, París puede convertirse en una de las ciudades más calurosas de toda Europa. Y una de las más visitadas, también. Después de refrescarnos un poco y descansar en uno de los pocos bancos que hay bajo la sombra, continuamos al sur de la plaza, tras cruzar Le pont de la Concorde, nos encontramos de frente con metros y metros de jardines que “enjaulan” el palacio de Les Invalides, destinado en sus inicios a los veteranos de guerra. Poco después, y tras visitar el palacio, acabamos por saber que allí mismo reposan las cenizas de Napoleón Bonaparte, bajo una tumba de piedra roja traída de Rusia rodeada por bajorrelieves con la vida del emperador y una estatua de él mismo. De nuevo, ante una página de la historia de Francia. Descansamos. Es la hora de comer y hoy llevamos en la mochila unos bocadillos que nos van a saber a gloria tras pasar toda la mañana caminando. ¡Y lo que nos espera! Cuando se visita una ciudad de estas características es importante llevar siempre algo de comer y de beber, porque es normal que las fuerzas desfallezcan. Y siempre puede ser un buen recurso si no queremos dejarnos demasiado dinero en los restaurantes de la ciudad, que suelen ser bastante caros en los centros turísticos de París. Nos sentamos, por tanto, en la gran explana de jardines que antes hemos visto. Bajo un árbol. En el césped. Decenas de personas hacen lo mismo que nosotros. Somos muchos los que estamos en la misma situación.

Tras dormir una pequeña siesta, eso que es tan típicamente español, nos ponemos en pie de nuevo. Toca recorrer uno de los boulevards más largos y lujosos del mundo: Les Champs Elysées. La continuación de Les Tuileries, tan sólo entrecortado el camino por La Place de la Concorde. Escenario de la Exposición Universal de 1855, se nota que allí se maneja mucho dinero. Tiendas de lujo y esculturas de oro adornan lo que los franceses consideran la plus belle avenue du monde. Personas que caminan arriba y abajo con bolsas varias en sus manos. Las mejores marcas de ropa, perfumes, complementos, se concentran en este boulevard. Teniendo en cuenta que es la avenida más cara por metro cuadrado sólo superada por la Quinta Avenida de Nueva York, es comprensible. Caminamos, caminamos, caminamos. Pero sin obviar ninguno de los pequeños detalles de Les Champs Elysées que hacen que resulten tan atractivos y tan apetecibles para pasear. Y caminando, caminando nos topamos con La Place de l’Etoile, también llamada Place de Charles de Gaulle. Pero dudo que alguien que oiga estos dos nombres sepa dónde nos encontramos exactamente. En cambio, si dijéramos que estamos viendo en el centro de esta plaza el famoso Arc de Triomphe, las cosas cambiarían. Como homenaje a los que lucharon por el país galo, es increíble ver cómo por dentro están escritos todos los nombres de los generales y de las guerras en las que Francia ha participado. Encargado por Napoleón Bonaparte en 1806, ha sido testigo del paso de los cadáveres de dos personajes imprescindibles en la historia de Francia: el del escritor Victor Hugo en 1885 y el del propio emperador, cuando sus cenizas llegaron desde Santa Helena. Después de pagar 9 €, disfrutamos del pequeño museo que hay en el interior del arco, y tras observar cómo se construyó, subimos a lo más alto del arco. ¿Qué vemos? Sinceramente, no se puede explicar con palabras. Es la sensación de estar en lo más alto. La sensación de tener París a tus pies.

Volvemos por dónde hemos vuelto. La noche empieza a caer sobre la ciudad, y de nuevo, las miles de farolas de París hacen que se ilumine toda. Decidimos tomar algo en La Place de l’Alma, a escasos del fatídico Pont de l’Alma donde perdió la vida Lady Di. Recuerdo las imágenes de ese 31 de agosto de 1997. Pero intento alejarlas de mi cabeza. Esta noche sólo quiero rodearme de París. De todo lo que tiene la ciudad. Y en mi cabeza, sin saber por qué, empieza a sonar esa cancioncilla que aparece en todas las películas con escenario en París.
Texto por Vicky Lagos Vives
Fotos de Jezabel López Miró